Todo empezó por un comentario sin importancia, un día dije:
-No quiero pasar Navidad aquí.
Y me obedecieron. Contrataron una mudanza para las siete de la mañana del 24 de diciembre. Me levante a las 5a.m. a terminar de empacar, toda cruda y con apenas dos horas de sueño. El camión partió a las 8a.m. conmigo, Tom a mis piernas y sin mis amados tenis.
Llegue sola a un pueblo sin cine ni internet, cuyo único entretenimiento es ir a la plaza o al trailer que llega con un proyector de vez en vez haciéndola de cinematógrafo.
Sola, con muchos muebles que acomodar, sin muchos de mis artículos personales, que por razones de espacio tuve que dejar en mi ex-casa, me aventure a acomodar algo esperando que mi familia llegara en mi auxilio. Los hombres de la mudanza se ofrecieron con las camas y la lavadora, rompieron una tubería y me quede sin agua una semana.
Mis vacaciones de invierno fueron de lo más abrumadoras, cansadas y confusas. Regresé a la escuela (porque sigo llendo a la ciudad a mis clases de teatro) con unas ganas de que llegara la semana santa lo más pronto posible y sin una pizca de creatividad ni energía.
El pueblo me dio unas ganas de fiesta como las de la capital, que aprovecho cada evento en el que pueda revivirlas. No tengo nada que decir pues mis tres horas de viaje ida/vuelta me frustran.
Mi desaparición puede extenderse hasta mi próxima entrada, sólo puedo contar que estoy conociendo las maravillas del "sin compromisos" de lo que tal vez de detalles otro día con más inspiración.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario